El debut de Alma Mula

El picadito se terminó, Alma Mula paso otro día en el banco de suplentes imaginario. Los pibes de la catorce lo habían vuelto a hacer y le ganaban a los de la dieciséis por doce a diez.

Era un clásico de las tardes de Villa Corina, barrio humilde de monoblocks, casitas, casillas de chapa y cartón, con la particularidad de que encierra un cementerio, el de Avellaneda. Comenzaban a juntarse a eso de las seis de la tarde y los partiditos eran a doce goles. Hubo dos o tres que se tuvieron que definir a gol gana, porque la oscuridad de la noche arreciaba.

Alma Mula era el más pequeño de la bandita de la torre catorce y todavía no había debutado oficialmente, los capos del equipo no lo tenían en cuenta, los partidos eran duros y aún lo veían tiernito para estos envites. Igual el prefería quedarse a mirar desde afuera, que irse a jugar con los demás chicos a cualquier otra cosa.

Alma era de una familia bien humilde y vivía en las casitas de enfrente de las torres, un plato de comida al día y a aguantarse. Los pibes lo sabían y era invitado frecuentemente a merendar en algún departamento.

En la canchita volaban sueños de Bochini, Alonso y Maradona en cada jugada y hasta del Loco Gatti, que era el ídolo del “Ciego” arquerito titular del combinado de la uno-cuatro, al que apodaba así porque utilizaba gafas. La rivalidad era de lunes a viernes, los fines de semana se daban tregua. Un sábado la banda de Ivovite había estado juntando botellas de vidrio, que luego vendían en la chatarrería del barrio y con el botín comprarían una pelota número cinco nueva.

Mientras esperaba que los capos hagan la transacción con el empresario tuerto, Alma miraba el cartel donde estaban el listado de precios, se reía por lo bajo debido a la cantidad de errores ortográficos que tenía ese cartel: “Bronse, ierro”, era humilde, pero le encantaba leer y cuando uno lee algo aprende vio.

Mientras pegaban la vuelta Ivo le preguntó porque estaba tan contento y Alma le puso al tanto de las burradas del portador de un ojo de vidrio. Volvieron entre los pasillos de la villa, una encrucijada a cada paso, pero era el camino más corto y a Ivovite lo conocían hasta en el más mínimo escondrijo del populoso barrio, por eso no tenían miedo. Un último zigzag y salieron de “Las Vegas” hacia la zona de rascacielos, donde estaban más seguros.

Pasaron semanas, decenas de partidos y algunos platos de comida y Alma se mantenía firme en su persistencia quería pertenecer al equipo, jugar al fulbito con sus amigos. Un día se ausentó el Ciego porque habían operado a la vieja en el Hospital Fiorito y fue a visitarla junto a su familia. El equipo necesitaba un guardameta y a nadie le gustaba atajar, sobre todo en aquella época, pero Alma se tiró de cabeza y se ofreció, aceptaron rápidamente, a pesar del enfado de Marcel que ponía pegas a todo.

Su cuerpo era un tembleque, mariposas en la panza y en su cabeza el ansiado debut le puso en blanco, en quince minutos la dieciséis metió un seis cero, nunca visto en este clásico fulbito corinense, es más hacia tres meses que “la Cato” no perdía, Alma Mula hacía lo que podía, pero la pelota parecía estar viva, no podía agarrar una, todas pasaban entre la farola y un pedazo de cascote, el provisorio eterno arco que daba espaldas a la torre 13.

Esto no podía seguir así, Ivovite charló con Marcel y se cambió con Alma en el arco. Así que el pequeño se puso a jugar en defensa, y bueno la cosa mejoro muy poco, el partido fue corto y un doloroso 12-3 quedo marcado en los retales de todos los presentes, mientras los de la dieciséis cantaban el tradicional “despacito, despacito, despacito, le rompimos el…” la desazón se asentaba en el corazón del pobre Alma.

A Ivovite lo tuvieron que agarrar porque no se bancaba las gastadas de los vencedores, era de mal perder el tarta. Mientras Sergio animaba al pendejito para que no se viniera abajo. Así fue el debut, una goleada lastimosa que taladró el orgullo, no se quería cruzar con ninguno de la 16, si veía a alguno tendría que agachar la cabeza y comerse las gastadas, esa noche no pudo pegar ojo, pero desde ese día se ganó el respeto de los mayores y sin darse cuenta ya era uno más del equipo.

Parecido razonable

Volvíamos de jugar el fulbito de los sábados, eran partidos suavecitos entre familiares y amigos, nada que ver con los enfrentamientos encarnizados que se producían cuando jugábamos por la cancha, plata o algunas birras, ahí sí corría sangre.

La canchita del cura Paco es única en el mundo, porque tiene un arco que corre paralelo a la calle diagonal que hay por detrás suyo. El terreno de juego en vez de rectángulo parece un trapezoide, al pobre arquero que le toque pararse en esa portería, seguro termina con un dolor de cuello infernal.

El post-partido se hacía sobre la entrada de la torre quince, mientras unas Quilmes y alguna Coca Cola iban de boca en boca saciando la sed grupal, sólo se hablaba de fútbol, del picadito o de Boca y River, entre chicanas y risas se terminaba acabando la tarde, una postal de un sábado de siempre.

Todo iba en su cauce normal, hasta que de la nada salió el Rengo y se dirigió directamente al Cabezón, así le decían no solo por su prominente cabeza, sino porque también era un bocho en los estudios, fue el único de los presentes que pisó la Universidad. Con los ojos llenos de cólera, el Rengo le dijo algo al oído mientras le apuntaba a su estómago, menos mal que uno de sus tíos divisó la nueve milímetros y en un acto reflejo se la pudo manotear un poco, porque cuando el tipo jaló el gatillo la bala fue a parar a la pierna de su sobrino.

El estruendo encendió la confusión y se avivo el pánico en el grupo, a sabiendas de que el tirador no se andaba con chiquitas, cargaba varias historias sangrientas sobre el lomo, por suerte para nosotros apareció la hermanita del Rengo para poner paños fríos sobre la mesa.

Resulta que, unos días atrás Cogote, un integrante de la pandilla rival del pata corta, amenazó con una treinta y ocho a su hermanita, instantáneamente fue sentenciado a muerte, ciego de furia inició la cacería en Villa Corina y el pobre Cabezón era un calco de Cogote.

Al enterarse de la confusión, el Rengo se marchó por donde vino como si nada hubiera pasado, la familia pidió disculpas aduciendo el “parecido razonable” y los tíos se llevaron al tiroteado al hospital. Los problemas se resuelven en la cancha, por eso no fue necesario realizar ninguna denuncia.

El pibe se perdió un par de meses de fulbito y el altercado se unió a la colección de anécdotas del populoso barrio.

Se me olvidaba, unos días más tarde el cadáver de Cogote apareció con siete plomos de una nueve milímetros en una de las torres del barrio.